viernes, 13 de abril de 2012

Ludovico y las fieras

Ludovico Einaudi, The Solo Concert
25 MARZO 2012 19:00 Teatro Victoria Eugenia, San Sebastián







El pasado 25 de marzo tuve la suerte de asistir al concierto en Donosti de la nueva gira española de Ludovico Einaudi, como decía la reseña oficial del concierto “uno de los compositores y músicos contemporáneos más emblemáticos y de culto”. Por mi parte no voy a contradecir tal sentencia, especialmente porque desde que mis musiprimos (alma y cuerpo de este blog) me lo descubrieron (el Héctor directamente me grabó 9 discos) allá por el año 2007, Ludovico Einaudi se ha convertido en BSO fundamental y a menudo en Tranxilium sonoro de mi estresante vida. Entradas de las caras (30€) para unos asientos privilegiados en un teatro de ensueño.











El caso es que con todo lo que un servidor esperaba del evento, tras haber escuchado infinitas veces el Concierto en La Scala, hasta el punto de tener ya mi asiento reservado en primera fila, el concierto superó todas mis expectativas y fue al mismo tiempo una sorpresa y una delicia. El Artista jugó con la perfección, acercándose y alejándose, dándole al alma más peso que a la exactitud, dejando que fluyera la realidad de aquel día y resultando en un recital tan exquisito como sincero.

Ludovico comenzó el concierto con un primer bloque de 5 piezas extraídas de su último álbum de estudio Nightbook. Todavía no he tenido la oportunidad de escuchar el disco, pero los temas que sonaron en el teatro Victoria Eugenia me afectaron en un sentido que no me esperaba; siendo Ludovico Einaudi (inconfundible en sus escalas eternas y su utilización de los silencios como nota puras) aquello se alejaba de su delicadeza habitual, de la luminosidad que despide, por ejemplo y con la excepción de algún pasaje concreto, cada una de las piezas del Concierto en La Scala. Las melodías que abrieron el concierto de San Sebastián eran duras, eran oscuras. La mano izquierda abusaba de la derecha, impidiéndole respirar, y se regodeaba en su gravedad. Me recordaba, en versión más lenta pero no menos agresiva, a la pieza de Rajmáninov que destrozó la salud mental de Geoffrey Rush en la maravillosa película Shine y del pianista David Helfgott en la vida real. He de reconocer que hubo un momento en que me preocupé por un músico generalmente tan dulce, y al que los demonios parecían estar comiendo las entrañas allí mismo, enfrente de nuestras narices, ante la mirada de 900 espectadores que observaban impávidos la desigual batalla.

El bloque terminó y Ludovico nos anunció, en italiano (de lo cual se excusó como un caballero), que dedicaría el resto del recital a revisar sus anteriores álbumes especialmente “I Giorni, Unna Mattina e otri”.

Y volvió la luz. Lentamente, como con resaca. Se fue abriendo camino entre la espesura con un tema muy ambiental para el que el pianista utilizó (lo haría en otras dos ocasiones) una pista grabada que activó y desactivó él mismo, un fondo de órgano que terminó de aportar la sensación de bosque frondoso y húmedo después de la tormenta. Tras el tema de transición sonó I Giorni, templándonos los pulmones, invitándonos a respirar el aire fresco y provocando (juraría que no solo en mí) la aparición de alguna lágrima. Así continuó el recital hasta el final, combinando temas imprescindibles con otros menos reconocibles. Un Ludovico pausado, si acaso más de lo normal, tocando el piano directamente con el alma. Pero sin rastro de oscuridad.

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